EL «BEATO» ESCRIVÁ DE BALAGUER, ¿SIGNO DE CONTRADICCIÓN?

Vida Nueva, 11-18.IV.92, Madrid, España

ENTREVISTA a Flavio Capucci, postulador de la causa de beatificación

EL «BEATO» ESCRIVÁ DE BALAGUER, ¿SIGNO DE CONTRADICCIÓN?

Por Miguel Ángel VELASCO

La primavera romana ha llegado este año con varios días de antelación. Las mimosas de las elegantes villas que circundan el edificio dela sede central del Opus Dei, en la residencial zona romana del Parioli, viale Bruno Buozzi, 73-75, han florecido ya. En el kiosco de enfrente, los titulares de los periódicos gritan: «Massacrati due carabinieri»; en la pared de enfrente, alguien, en nombre de no se sabe qué rebeldía juvenil, ha escrito algo sobre el sueño de una revolución, con esta frase foral: «No alle catene dell’ipocrisia capitalista…». Por palabras que no quede.

Me hacen pasar a una pequeña sala de visitas en semipenumbra. Al lado de la chimenea, dos fotografías de un Alvaro del Portillo, jovencísimo estudiante en una, y ya con uniforme de ingeniero de Caminos y su bien recortado bigote de época, en la otra. Sobre una mesita, una gran fotografía de Juan Pablo II, dedicada «al diletto figlio Alvaro del Portillo», con la bendición apostólica, y en otra repisa, bajo una foto del padre Escrivá, un pequeño librito en inglés: «The way» (Camino). Don Flavio Capucci, postulador general del Opus Dei, me recibe con gran cordialidad. Vamos a hablar de la próxima beatificación de monseñor José María Escrivá de Balaguer, el «padre», como le llamaban en vida y le siguen llamando ahora a él y a su sucesor, los miembros de la Obra; así está escrito, sin más, sobre la lápida que cubre su tumba, en la cripta a la que continuamente llegan gentes de todo el mundo paró rezar.

-Se ha creado, don Flavio, un clima muy enrarecido en torno a esta beatificación. Por qué, a su juicio, una polémica tan fuerte? ¿La esperaban ustedes? ¿Creen que alguien tiene interés en suscitar una campaña exacerbada? ¿Por qué?

-Pues, la verdad, no lo sé. Yo creo que lo importante es no perder el sentido de la realidad que nos pone frente a un hecho ante el que la Iglesia, de modo abrumadoramente mayoritario, a mi entender, está reaccionando con una simpatía extraordinaria y yo diría que también con unidad.

-No sé aquí, pero para quien, como yo, viene de España, lo cierto es que cabe hablar de todo menos de unidad, don Flavio.

-Me hago cargo, pero no siempre son los más aquellos que más hablan y aparecen. Son, suelen ser siempre, muchos más los otros. Yo, desde aquí, puedo testimoniar que es inmenso el cariño hacia la persona y la obra de nuestro padre, demostrada en visitas, llamadas y miles de cartas provenientes de las espiritualidades y órdenes más diversas, que hablan de la alegría que les produce esta beatificación y de los beneficios indudables que tendrá en la Iglesia este acontecimiento eclesial. Sé, sin embargo, que hay pequeños grupos, muy claramente identificados, con nombres y apellidos, de teólogos más o menos disidentes, sin un gran relieve eclesial. Hablo de disidencia frente a la beatificación.

-¿Y por qué dice que son de poco relieve eclesial?

-Porque nosotros, ante ciertas críticas y oposiciones, vamos a los obispos respectivos, que es donde nos parece que debemos ir en la Iglesia, y todos nos dicen que son esos mismos grupos los que les están creando problemas en otros terrenos doctrinales. Nos tranquilizan y nos dicen que no nos preocupemos, porque lo que dicen está en sintonía con algunas otras actividades suyas en el ámbito moral y pastoral. Eso que están haciendo entronca, además, con un interés por parte de ciertos medios de comunicación pública, laicistas, que no se distinguen precisamente por su posición a favor de la Iglesia.

-El hecho, bien triste por cierto, es que, con polémicas de este tipo, se acaba mezclando a la Iglesia en general, al propio Papa…

-Yo prefería, francamente, no mezclar en nada de esto al Papa. Prefiero mil veces que me critiquen a mí, a nosotros. La verdad es que sí uno entra a examinar los argumentos que usan, se da uno cuenta en seguida de su poco peso y consistencia.

-Hagámoslo, don Flavio. Permítame hacer de abogado del diablo, esa figura tradicional en las causas de los santos que con las nuevas normas, si no ha desaparecido, por lo menos ha cambiado. Hay quien, en un reciente programa de televisión, en España, apuntó determinados argumentos (sobre la irascibilidad de monseñor Escrivá, en concreto, sobre su apego al dinero, a la riqueza, a los honores, al marquesado) que no acabaron de ser rebatidos. Hay quien, como el teólogo Martín Velasco, ha hablado, refiriéndose al padre Escrivá, de su «opción preferencial por los ricos, en vez de los pobres…»

-En cuanto a lo primero, he de señalar que hay también un grupo muy reducido de ex miembros de la Obra que andan repitiendo siempre las mismas cosas, la mayoría de las cuales son sencillamente falsas, meros infundios. Yo creo que, sinceramente, soy la persona que mejor conoce la vida del padre. Le conocí en vida y tras su muerte, por ser el postulador general, he dedicado mi vida a conocer su obra, su figura y sus actos y aseguro y estoy dispuesto a demostrarlo donde haga falta, que muchas de las cosas que van diciendo no tienen el menor fundamento real. En cuanto a lo segundo, también es una argumentación fácilmente desmontable. Se parte comúnmente de una reducción de lo religioso al ámbito de lo político. (Martín Velasco teme que «con esta beatificación serán más difíciles las relaciones Iglesia-izquierda española»). Se interpreta una beatificación como sí fuera un acto político de la Iglesia que consagra una línea pastoral de apoyo a los ricos. Eso lo explica todo. La Iglesia, al proponer una beatificación, no hace una opción política. Cada beatificación se injerta en la tradición espiritual de la Iglesia, en cuya universalidad caben todos los carismas. Con nuestro padre va a ser beatificada -y ello es un inmenso gozo para todos nosotros- una ex esclava negra sudanesa, Josefina Bakhita, convertida a la fe católica.

En la pluralidad de instancias espirituales que se dan en la vida de la Iglesia, en la variedad de los diversos carismas se confirma la unidad de la Iglesia; pero sí este hecho se analiza desde una óptica extraña, no teológica, se desfigura completamente su sentido y se acaba reduciendo la realidad eclesial al resultado del choque entre dos modos de vivir la fe. Así se presenta una beatificación como algo que divide y que privilegia a unos frente a otros, en vez de unir a todos. Ni Escrivá ni Bakhita pueden ser tomados como representantes de dos partidos contrapuestos, sino como dos ejemplos, entre muchos, de la multiforme santidad cristiana.

-Se critica, profesor Capucci, la presión ejercida por el Opus Dei para acelerar esta beatificación, la prisa con que se ha llevado a cabo; se habla de dinero, de influencias…

-Efectivamente; en una palabra: se buscan deficiencias y errores dentro del curso de la causa y se demuestra una gran ignorancia de la praxis canónica de las beatificaciones. Hay quien se mueve con la idea de que somos tan ingenuos en el Opus Dei que precisamente en la causa de nuestro fundador íbamos a hacer las cosas de manera superficial. Es fácil contestar tales objeciones, porque se trata de simplificaciones que se podrían entender, acaso, en gentes que no saben racionalizar en términos sobrenaturales: Escrivá y su opción por el poder, por la autoridad, por el miedo a la innovación, por el conservadurismo, no son más que clichés simplistas. Se ha estudiado y demostrado a fondo su heroicidad en la práctica de cada una de las virtudes. No fue sólo modelo en una cosa. Es el equilibrio propio de los santos entre aspectos aparentemente contradictorios. Vivió heroicamente la pobreza, y a la vez, la magnanimidad; simultáneamente, la humildad y la audacia. Quien no esté familiarizado con la espiritualidad -y no sólo teórica, sino vivida cada día- puede caer en determinados simplismos; pero en personas con espiritualidad no se entiende. En la eclesialidad de la figura de nuestro padre se encuentran, a diario, seglares y religiosas de clausura.

-Déjeme seguir en mi papel de abogado del diablo para recoger el sentir de determinados grupos que le dirían: «eso de que el padre Escrivá vivió heroicamente la pobreza no se lo cree ni usted…»

-Cada acto de cada virtud ha sido analizado en la causa para dar a los consultores la mayor certeza analítica. En la vida del padre hay momentos de estrechez enorme. No vale sólo un momento. En Burgos, a comienzos del 38, huye de Madrid ante el riesgo de muerte inmediata. No tiene un céntimo, ni para una sotana. Alguien le rasga la vieja y él se pasa la noche remendándola. En esas circunstancias decide renunciar a estipendios de misas y envía a los obispos el único medio que tenía de ingresos. No es un episodio aislado, sino una actitud constante de su vida, la de su austeridad. Hasta el año 64 no tendrá una colcha en su cama y la Obra ya se había desarrollado, pero el dinero que había lo dedicaba todo a obras apostólicas. Entiendo que, para algunos, sea difícil comprender la dignidad que siempre quiso para los lugares de culto. Él solía decir que con Dios se da lo que se debe, aunque se deba lo que se da.

La construcción de esta sede central de la Obra donde estamos fue toda una odisea. No había dinero para comer e íbamos al Laterano andando para no gastar en tranvía. Luego viajó en un Mercedes, sí, pero que le regalaron. Así que todo eso de su apego al dinero y ala gente del poder, yo no lo acepto. Es una visión falsa de la realidad de la Obra y de su fundador. Siempre tuvo los brazos abiertos a todo el mundo. No tuvo amistad con los poderosos. Yo soy el que más ha estudiado su vida y obra e insisto: el lado social, por llamarlo de algún modo, del Opus Dei es infinitamente superior al del IESE y las universidades. Hay que ir a Hispanoamérica, a Perú y su centro para campesinos, a Guatemala y ver la labor social del Opus Dei, a las escuelas en Nagasaki; a la Ciudad de los Muchachos en México, de eso no se habla, o se habla poco. En la diócesis peruana de Abancay, el obispo catalán, del Opus Dei, monseñor Enrique Pelac, distribuye 40.000 comidas diarias entre los necesitados. En Madrid está Tajamar, que hoy es una cosa, una realidad maravillosa, pero en sus comienzos era algo muy distinto. Todo esto y en todo el mundo, cómo, sí no, existiera? El Opus Dei es una representación bastante fiel, en su composición, de lo que es la sociedad; eso sí, con una asombrosa unidad de espíritu y con la misma vocación de pobres y ricos a su santificación en la vida de cada día. Así que de relación preferencial con los poderosos…, ni mucho menos.

-Sin embargo, hay quien repite que en Burgos brujuleaba en torno a Franco, mientras que en 1964, en carta a Pablo VI, rechaza la acusación de filo franquismo y se muestra preocupado ya por el después de Franco. Hablan de «oportunismo».

-Te contaré una anécdota poco conocida: al final de una audiencia con Franco, le dijo: «Su excelencia ha pensado que un día se tiene que morir?». Franco, por lo visto, no daba crédito a lo que oía. Cuando el padre se lo contó al patriarca Eijo y Garay, éste le dijo: «José María, tú no harás nunca carrera». Lo importante de nuestro padre es que iba a las almas y les hablaba de Dios. No es menos cierto -y tampoco se suele tener demasiado en cuenta- que supo suscitar una gran sensibilidad social en personas de dinero, de modo poco corriente entre los hombres de Iglesia; supo suscitar en ellos sed de justicia frente a los problemas sociales. Hay muchos empresarios que han dado y dan dinero y son resortes que se hubieran quedado sin aprovechar en la Iglesia, aunque no es dinero sólo del Opus Dei, claro.

-¿Y en cuanto al carácter que a veces demostraba, según dicen algunos que le conocieron?

-Yo he convivido muchos años con él y puedo decirte que he llorado por su muerte más que por la de mí propio padre. Era un hombre que sufría cuando tenía que corregir a alguien. Pedía perdón y le quedabas agradecido. Es verdad que, como buen aragonés, tenía un carácter fuerte, pero, por ejemplo, eso que cuentan de las patadas a las puertas es una falsedad de arriba a abajo. Supo vencer su carácter. Hablaba muy claro, pero yo, por ejemplo, no consigo tratar a personas que trabajan conmigo con la misma paciencia y caridad. Insisto. Yo no he conocido a ese monseñor Escrivá que algunos describen y no sé qué les lleva a insistir en ello; pero no vamos a entrar a atacar a nadie, aunque parece que sí no atacas, es que tienes algo que ocultar. No tenemos que demostrar la inocencia de nadie, sino que hemos demostrado, en un proceso absolutamente objetivo y riguroso, la santidad personal de nuestro fundador. Quienes quieran atacar que den argumentos válidos.

Hasta ahora no ha habido ni uno solo que no haya sido fácilmente contestado y demostrada su falsedad.

-¿Qué consecuencias puede tener toda esta polémica, que va mucho más allá del sano y legítimo pluralismo cristiano, en el proceso, en la causa de beatificación?

-Como es natural -aunque el proceso ha terminado-, yo les tengo perfectamente al día de las objeciones, cuando me llegan o se publican; y veo que la cosa no tiene relieve. En la Congregación examinan el material y, hasta ahora, ven que no se añade nada a lo ya visto ampliamente, estudiado y refutado en la causa.

-¿Es impensable, pues, una suspensión o un retraso en la beatificación?

-Ciertamente. Cuanto algunos han hecho llegar al Papa o a la Congregación ha sido ya estudiado y contrastado con los estudios procesales y «nihil novum sub sole», no se encuentra nada nuevo digno de atención o de relieve.

-Perdóneme una pregunta de curiosidad histórica: ¿es cierto, como he oído a alguien, que hubo un momento en que el propio Juan Pablo II mandó parar, personalmente, el proceso?

-No, no es cierto. Hubo un momento en que se intentó mezclar esta beatificación con algo referente a Isabel la Católica. Un mes después, como mentís rotundo a rumores propalados, salió el decreto de aprobación del milagro y un diario italiano, La Repubblica, tituló: «El Opus ha logrado vencer la resistencia del Papa». Eso es falta de profesionalidad, por no hablar de ignorancia o malevolencia. ¿Alguien puede pensar seriamente que el Papa apruebe un milagro en un proceso de beatificación con ligereza y sin toda clase de pruebas y garantías? No saben de qué hablan.

-En cuanto al cumplimiento de los requisitos establecidos en la legislación canónica para la validez del proceso, tampoco faltan detractores y dudosos.

-Ha sido perfecta la validez y la regularidad del proceso. Es más: los consultores han reconocido la ejemplaridad del proceso.

-Es cierto que al día siguiente de la muerte de monseñor Escrivá fue presentada la petición de beatificación?

-No, no es cierto en absoluto. Sí es cierto que en seguida de su muerte, don Alvaro pidió que quienes lo hubiesen conocido escribieran un testimonio con sus recuerdos y empezaron a llegar a miles algunos altísimamente cualificados-, pero a mí me nombró postulador de la causa en febrero del 78, así que habían pasado casi tres años y sólo el 19 de febrero del 81 comienza oficialmente el proceso, de modo que casi cinco años y medio habían pasado: los necesarios para clasificar y poner orden en hechos, respaldados por documentos, uno por uno. Siete volúmenes de documentos, por mí parte, más de dos mil folios, sin una sola línea de comentario.

-También se dice que todo ha sido una iniciativa de vértice, no de la base.

Tampoco es cierto y es fácilmente demostrable. Una causa de beatificación no es nunca una iniciativa de vértice, de presión, sino una respuesta de la Iglesia a una petición del pueblo, de los fieles: pidieron la apertura de la causa 6.000 cartas de más de’ 100 países, entre ellos 69 cardenales, 1.228 obispos (más de un tercio de los obispos del mundo), de los cuales 59 españoles (34 de ellos habían conocido personalmente al padre, 41 superiores de órdenes religiosas, numerosos jefes de Estado y personalidades de la ciencia y de la cultura. Los testimonios personales de cardenales y obispos de todo el mundo son abrumadores, pero no lo es menos la abrumadora mayoría de personas de humilde condición social que habían conocido al padre y se sintieron más cerca de Dios.

-Hay quien dice que algunos obispos lo hicieron convencidos de que la causa no iba a seguir adelante o era algo que iba para largo, pero se arrepienten ahora.

-Dejando aparte tan arbitrario proceso a las intenciones, lo que se pone entonces en tela de juicio no es al Opus Dei ni a su fundador, sino a los obispos, la veracidad y honradez intelectual y moral de quienes gobiernan la Iglesia. Pero pidieron la apertura de la causa, además, más de 80.000 relaciones firmadas de favores obtenidos gracias a su intercesión, lo que atestigua la devoción ya en torno a su figura; es un fenómeno de piedad popular difundido entre personas de todas las condiciones sociales.

-No falta quien a eso replica que se trata más bien de un culto a la personalidad, característico de las sectas, respecto a la figura de su fundador…

-No hay tal. No es culto a la personalidad; es convencimiento de su santidad personal. No dudo en afirmarlo, como lo hacen quienes le conocieron personalmente y quienes han leído sus libros de espiritualidad. Eso nace de la experiencia. Era un hombre que te acercaba a Dios. Dios suscita a los santos porque tienen percepción inmediata de El, no como nosotros que le vemos como entre sombras, y a través de ellos Dios se nos descubre. A mí, a través del padre, se me ha descubierto un Dios amabilísimo, Padre, con una capacidad infinita de comprender y de querer. Así que nada de culto a la personalidad. En la Obra hay una profunda formación espiritual y ascética, adulta, madura, consciente, y yo doy fe de que nuestro padre sabía desaparecer para presentar á Cristo. Yo no quiero imitarle a él, sino a Cristo, que fue lo que me enseñó. Nos pedía perdón por sus faltas de correspondencia, por su mal ejemplo. Él no daba píe al culto alguno a la personalidad; de ningún tipo, y creo que mí -vivencia personal se puede extender a los miembros de la Obra y también a muchos ex miembros que siguen queriéndole y admirándole. Los críticos son un grupito reducidísimo, que se repiten mucho en lo que dicen.

-Está el testimonio de su sobrino que se queja de que no fue escuchado en el proceso, siendo así que se exige oír a quienes le trataron, ¿no?

-Me alegro de esa pregunta para aclarar algunas cosas; se exige no interrogar a los parientes, como él dice, sino a los que más le hubieran tratado, y por eso fueron interrogados sus padres (los padres de ese sobrino), hermanos de monseñor Escrivá, su hermano que había tenido mucho más trato con el padre que el sobrino. Cuando éste escribió la carta quejándose al Papa, el proceso había terminado y no es serio decir entonces, a proceso terminado: yo quiero declarar. La Congregación, de todos modos, habrá examinado su carta al Papa y si sus quejas no han cambiado la decisión de la beatificación, quiere decir que no les han encontrado fundamento. Yo tengo los testimonios firmados por sus padres y algunos de sus hermanos y dicen justamente, respecto al padre, todo lo contrario de lo que dice él.

-¿Y por qué tanta prisa y rapidez? No estamos acostumbrados en la Iglesia a que 17 años después de morir una persona pueda ser beatificada.

-La causa de monseñor Escrivá ha sido una de las más densas y particularizadas que se haya instruido nunca: ha constado de 980 sesiones; han intervenido 92 testigos, de los que 47 no pertenecen al Opus Dei y ex miembros, y se han hecho 265 preguntas a cada testigo.

La vida del padre ha sido analizada casi al microscopio. El resultado ha sido once mil páginas mecanografiadas a un espacio y once volúmenes de documentos compulsados en 390 archivos. No es casualidad que los consultores hayan alabado la exhaustividad del aparato probativo. Cuantos han participado en la causa, á todos los niveles, desde que el cardenal Tarancón la abrió en Madrid hasta hoy, no sólo no han encontrado irregularidad alguna, sino que han elogiado el rigor ejemplar con que ha sido llevada a cabo.

Ha habido, eso sí, una reforma que ha reducido los trámites de las causas; pero todo se ha hecho minuciosamente de acuerdo con la legislación. Por supuesto que yo no he perdido el tiempo. Al día siguiente que concluyera un plazo, tenía presentada la documentación necesaria. Trabajar, hemos trabajado.

-Se ha escrito también que los votos de algunos consultores (De Magistris, Fernández Alonso, por ejemplo) fueron negativos.

-Los nombres de los consultores son secretos. Los designa la Congregación y no la postulación, que no es informada de ello precisamente para defender, de cualquier hipotética presión, la libertad de los consultores.

-Entonces usted, ¿cuándo ha conocido los nombres de los consultores?

-Yo no sólo no los he conocido, sino que no los conozco. Es contradictorio hablar de presiones del Opus Dei y afirmar, a la vez, que ha habido votos contrarios; la existencia de ellos demostraría que no había habido presiones. Mi interlocutor es la Congregación y el día que se sepa el nombre de un consultor que ha dado un voto negativo, nadie querrá darle una causa. La presión de la prensa mundial sería enorme. No sé las fuentes que ha tenido quien eso afirma, pero yo sólo puedo añadir que la Congregación publica los votos de los consultores sin decir su nombre y, en el proceso del padre, hubo siete votos positivos y un voto que proponía «dilata»: esperar; luego esos argumentos no son válidos. El resto de los consultores, a favor, es de una mayoría apabullante.

-¿Cuál es su opinión sobre las declaraciones de personas como el cardenal Tarancón, Feltzman, Fisac, etc.?

-El cardenal Tarancón no sólo inició, como arzobispo de Madrid, el proceso de la causa de beatificación, sino también el del milagro. No me meto a calificar lo que dicen que dice ahora de que se creía que las cosas irían para mucho más largo, pero me sorprendería que lo hubiese dicho. Sus testimonios, cuando era arzobispo de Madrid, a favor del padre, están escritos.

En cuanto a Feltzman, no es cierto que él fuera, como asegura, el ojito derecho del padre, o poco menos. Además, en el 81 era del Opus Dei y había escrito su testimonio irreprochable en favor de la beatificación. Ahora se queja de que no fue testigo. Entre los testigos que yo podía elegir, elegí a otras personas que habían conocido al padre mucho más y mucho mejor que él; y con testimonios de cientos de páginas, no de diez, como el suyo.

-Está la cuestión del presunto nazismo y de la presunta idea del padre Escrivá de pasar a la Iglesia ortodoxa.

-Hay testimonios bien precisos, que ya han sido examinados e incorporados a la causa, que demuestran sin lugar a duda alguna las ideas del padre y su convencimiento sobre la inconciliabilidad entre cristianismo y nazismo. Es de una ingenuidad sorprendente, a decir poco, pensar que la postulación, en doce tomos de epistolario del padre, no haya estudiado eso, o lo de su viaje a Grecia. Quedó, a su tiempo, perfectamente claro que lo hizo en estrecho contacto con el entonces sustituto en Secretaría de Estado, monseñor Dell’Acqua, que ni se le pasó por la cabeza la idea de hacerse ortodoxo, sino que fue un viaje para ver posibilidades de apostolado en aquel país. De verdad que es ingenuo pensar que no tengamos documentos o hayamos estudiado tan poco la vida de nuestro padre. Es hasta ofensivo.

-En definitiva, profesor Capucci: lo que de veras interesa a un buen cristiano en todo este asunto es que de la beatificación del fundador del Opus Dei, como de la de cualquier otro f el cristiano, se deriven beneficios y no daños para la Iglesia, para el pueblo de Dios; gracia y unidad, en vez de división y escándalo.

-Eso depende ya del «sensus fidei» de la gente. A mí, te lo digo con absoluta sinceridad, me preocupa muy poco lo que griten cuatro a los que se les oye mucho porque disponen de altavoces torpemente interesados. Quien tenga la mente libre de prejuicios y una fe firme sabe que la Iglesia estudia una causa de santidad hasta el extremo, que no es una cosa de aficionados. Yo pienso que a los fieles de buena fe no les importará el escándalo más o menos buscado, promovido y artificial. La gente no es tan simple como algunos creen; sobre todo en el ámbito religioso. Se pueden tener distintas opiniones legítimas sobre la figura de un santo o su espiritualidad, pero un católico debería tener claro un punto: lo que ha llegado a la Santa Sede no es una opinión interesada, y con espíritu de parte, sino que se ha conseguido el máximo grado de certeza analítica minuciosamente documentada y fundada.

Un cristiano sincero no se debe formar una idea sobre el padre Escrivá a base de lo que lee por ahí, sin más, sino a base de lo que dice la Iglesia.

-Teológicamente hablando, ¿una beatificación quiere decir algo más que el reconocimiento oficial de la Iglesia de que Dios ha salvado a aquella persona?

-Desde luego que sí. Quiere decir que la Iglesia señala su ejemplaridad, que puede ser presentado como modelo, y el reconocimiento asimismo -la aprobación del milagro lleva a esa conclusión- de que es valiosa su intercesión ante Dios. El juicio sobre sus virtudes heroicas es un juicio humano y la Iglesia tiene perfecta conciencia de ello y va poniendo filtros para garantizar la solidez de ese juicio humano, mediante declaraciones con juramento, etc.; pero beatificarlo es que la Iglesia pretende y desea que Dios -nada menos- confirme ese juicio humano y pide para ello un milagro. Es una lógica sobrenatural . muy audaz, una cosa muy seria, que no se puede despachar con cuatro ingenuidades. Ello supone que se puede introducir a una persona en el culto oficial de la Iglesia.

-Por cierto: se ha hablado de falta de imparcialidad, de reservas sobre ese milagro que se atribuye al padre Escrivá en la persona de la religiosa sor Concepción Boullón, de las Carmelitas de la Caridad de El Escorial (Madrid), enferma de lipocalcinosis tumoral y que sanó, sin que por medios naturales sea explicable su curación.

-Se dicen muchas superficialidades al respecto; no se ve qué tiene que ver que la religiosa fuese prima de dos miembros de la Obra, ni cómo puede haber influido tal circunstancia en un proceso fisiológico y anatómico constatable por radiografía y biopsia. La tarea de verificar la inexplicabilidad de la curación no ha recaído, como se dice, sobre ningún médico de la Universidad de Navarra, sino sobre los peritos de la Congregación de las Causas de los Santos, que no han encontrado ningún elemento que pudiese poner en duda lo milagroso de esa curación por la intercesión de nuestro padre. Una vez más, el autor de tales declaraciones desconoce los hechos. Cuando un médico de la Universidad de Navarra le hizo la biopsia y otro, el doctor Ortíz de Landázuri le hace análisis para comprobar la curación, en esa fase ni se pensaba siquiera en un milagro, ni en una beatificación. Todos los requisitos que se piden para el decreto de aprobación de un milagro se han cumplido con exquisito rigor: Hay afirmaciones por ahí de algunos teólogos que denotan más bien poca familiaridad con el Derecho Canónico. Los cinco médicos nombrados por la Congregación se manifestaron a favor del milagro, por unanimidad, en las tres fases que se siguen en ese proceso.

-Bien, don Flavio: el 17 de mayo está, como quien dice, a la vuelta de la esquina. ¿Qué esperan, cuáles son sus previsiones? ¿Habrá una delegación del Gobierno es pañol como en todas las beatificaciones o canonizaciones de españoles? El presidente de las Cortes de Aragón, que se declara agnóstico, ha manifestado que asistirá…

-Mira, yo de eso no sé nada. Nuestra actitud ha sido la de no organizar nada. La gente es muy libre de hacer lo que quiera. No sé qué número de personas pueden venir. Pienso que en torno a ochenta mil. El Opus Dei no pretende lucirse. Yo no represento al Opus Dei y nada tengo que decir por lo que preguntas de vuestro Gobierno. Sé, a título personal, que asistirán autoridades públicas del Gobierno italiano que, como el presidente Cossiga o el señor Andreotti, han manifestado ya su intención en ese sentido. No son de la Obra. El padre Escrivá es un español, ciertamente, pero también una figura universal, por otra parte.

En resumidas cuentas, yo lo que quisiera de todo corazón es que la beatificación de nuestro padre fuese del mayor fruto eclesial. Hoy que la teología se ha adelantado a la historia, a una historia que ha decretado la caída de una ideología que pretendía fabricar hombres de una sola dimensión, pienso que la Iglesia nunca ha concebido santos de una sola dimensión y ha anunciado para el próximo 17 de mayo el gozo de dos beatificaciones: la de nuestro padre, maestro de la vida espiritual que, con su mensaje de santificación a través del trabajo en medio del mundo, ha proporcionado una respuesta cristiana actualísima al fenómeno de la secularización, que no tiene por qué ser irreversible, como tantos creen, y Josefina Bakhita, que con su vida escondida dio testimonio de la fecundidad de la renuncia a las realidades temporales: dos instancias espirituales aparentemente lejanas y, sin embargo, convergentes.

El esplendor de la primavera romana ha estallado cuando compro los periódicos (españoles e italianos) en el kiosco y veo que Umbral habla de que «el Opus, más bien es nazismo de paisano» y, al día siguiente canoniza por su cuenta al benemérito padre Llanos: «un santo con boina», como él dice. Es una pena que seamos así, pero así somos y, sin embargo, Vittorio Gassman, vuelve de España a su Italia fascinado: «España -declara a la prensa- es una experiencia única, aconsejable especialmente a los italianos. Es el único país de Europa capaz de cultivar una ilusión de euforia, de vitalidad. La gente te da la sensación de estar viva…».

¿Sí…? ¿Seguro, Gassman? ¿También por dentro?

>La influencia del Opus Dei en España

>Algunos, precisamente por la presencia de los laicos del Opus Dei en puestos influyentes de la sociedad española [se refiere al año 1967] hablan de la influencia del Opus Dei en España.

¿Nos podría explicar cuál es esa influencia?
Lo mismo que la totalidad de la Iglesia —alma del mundo—, el influjo del Opus Dei en la sociedad civil no es de carácter temporal —social, político, económico, etc.—, aunque sí repercuta en los aspectos éticos de todas las actividades humanas, sino un influjo de orden diverso y superior, que se expresa con un verbo preciso santificar.

Y esto nos lleva al tema de las personas del Opus Dei que usted llama influyentes. Para una asociación cuyo fin sea hacer política, serán influyentes aquellos de sus miembros que ocupen un lugar en el parlamento o en el consejo de ministros. Si la asociación es cultural, considerará influyentes a aquellos de sus miembros que sean filósofos de clara fama, o premios nacionales de literatura, etcétera. Si la asociación, en cambio, lo que se propone es —como en el caso del Opus Deisantificar el trabajo ordinario de los hombres, sea material o intelectual, es evidente que deberán considerarse influyentes todos sus miembros: porque todos trabajan —el general deber humano de trabajar tiene en la Obra especiales resonancias disciplinares y ascéticas—, y porque todos procuran realizar esa labor suya —cualquiera que sea— santamente, cristianamente, con deseo de perfección. Por eso, para mí, taninfluyente —tan importante, tan necesario— es el testimonio de un hijo míominero entre sus compañeros de trabajo como el de un rector de universidad entre los demás profesores del claustro académico.

¿De dónde viene, pues, la influencia del Opus Dei? Lo indica la simple consideración de esta realidad sociológica a la que pertenecen personas de todas las condiciones sociales, profesiones, edades y estados de vida: mujeres y hombres, clérigos y laicos, viejos y jóvenes, célibes y casados, universitarios, obreros, campesinos, empleados, personas que ejercen profesiones liberales o que trabajan en instituciones oficiales, etcétera. ¿Ha pensado en el poder de irradiación cristiana que representa una gama tan amplia y tan variada de personas, sobre todo si se cuentan por decenas de millares y están animadas de un mismo espíritu apostólico: santificar su profesión u oficio —en cualquier ambiente social en el que se muevan—, santificarse en ese trabajo y santificar con ese trabajo?

A esas labores apostólicas personales debe añadirse el crecimiento de nuestras obras corporativas de apostolado: Residencias de estudiantes, Casas de retiro, laUniversidad de Navarra, Centros de formación para obreros y campesinos, Institutos técnicos, Colegios, Escuelas de formación para la mujer, etcétera. Estas obras han sido y son indudablemente focos de irradiación del espíritu cristiano que, promovidos por laicos, dirigidos como un trabajo profesional por ciudadanos laicos, iguales a sus compañeros que ejercitan la misma tarea u oficio, y abiertos a personas de toda clase y condición, han sensibilizado vastos estratos de la sociedad sobre la necesidad de dar una respuesta cristiana a las cuestiones que les plantea el ejercicio de su profesión o empleo.

Todo esto es lo que da relieve y trascendencia social al Opus Dei. No el hecho de que algunos de sus miembros ocupen cargos de influencia humana —cosa que no nos interesa lo más mínimo, y se deja por eso a la libre decisión y responsabilidad de cada uno—, sino el hecho de que todos, y la bondad de Dios hace que sean muchos, realicen labores —desde los más humildes oficios— divinamente influyentes.
Y esto es lógico: ¿quién puede pensar que la influencia de la Iglesia en los Estados Unidos comenzó el día en que fue elegido presidente el católico John Kennedy.

>¿qué es?

>Muchas veces te has preguntado por esa institución de la Iglesia formada por mujeres y hombres de todas las clases sociales, unos se casan y tienen muchos hijos, otros, sin embargo, permanecen solteros toda su vida… también existen dentro de esta institución sacerdotes, pero para nada tienen un papel importante dentro de su jerarquía. De hecho, los que suelen dar la cara casi nunca son sacerdotes, siempre buscan una persona que les identifique y ésta suele ser una mujer, buena profesional y madre de una familia numerosa… ¿por qué? son precisamente este perfil de personas en más numeroso dentro del Opus.

Nosotros le llamamos el Opus, pero ese “opus” ¿qué es? ¿de dónde viene? después de investigar un poco, he concluído que viene del latín opus-eris (La Obra, como las obras de música que son operas) y Deus-i (de Dios). Así que el misterioso nombre de Opus Dei (el opus) viene a significar “La Obra de Dios”

Este nombre podríamos decir que es un poco pretencioso y, por lo que dicen de su Fundador, podríamos afirmarlo… he de reconocer que este punto puede ser oscuro y esclarecerlo es complejo. Acudiendo a las fuentes, leyendo la Biografía pseudo oficial del fundador (la escrita por Andrés Vázquez de Prada) he llegado a la conclusión que nada más lejos de la realidad… se trata de un ejercicio de humildad de Josemaría. Qué quiero decir con esto, pues que al escoger este nombre quería afirmar que no había sido cosa suya, obra del propio josemaría, sino que ha sido como consecuencia de una especial revelación divina. El fundador ha dicho muchas veces que el Opus Dei nació sin quererlo, aunque la verdad, viendo todo lo que se habla del opus… menos mal que no quiso… si fue por accidente ¡menudo éxito!

>Libros Opus Dei, estrena web

>Ha habido un cambio sustancial en el diseño, llevado a cabo por la empresa LEADER DREAMS, experta en diseño y posicionamiento web. Pretende ser una web de referencia sobre libros que describen la espiritualidad del Opus Dei. También tiene una sección con una breve biografía de los autores de los libros recomendados y, por último, una sección con iniciativas, cartas, entrevistas, testimonios, etc. sobre el Opus Dei.

>Entrevista con el Prelado del Opus Dei

>De la Misa a la vida

VIDEO: El Prelado del Opus Dei y la Eucaristía

Link a la revista
En la sede central de la Prelatura del Opus Dei, que comprende la iglesia de Santa María de la Paz, donde reposa el fundador San Josemaría Escrivá, entrevistamos a su sucesor, el obispo Javier Echevarría, con motivo de la publicación de su libro Vivir la Santa Misa” (click a 15 min de audio del libro).

Monseñor Echevarría, poner la Misa en el centro de la jornada es un hermoso reto. ¿Por qué vale la pena dar prioridad a la Misa y cuál es el secreto para vivirla bien? 


El Prelado, en la audiencia que recientemente le concedió Benedicto XVI.

La Misa es acción de Dios, que nos permite participar en la pasión, muerte y resurrección de Cristo, no como espectadores u observadores, sino como co-protagonistas. Por eso, en el título del libro he querido usar la expresión “vivir” la Santa Misa, que expresa bien la implicación total, humana y espiritual, que la Misa exige.

En su libro habla del peligro del ritualismo. ¿Cómo podemos evitarlo?

Ritualismo significa olvidar el contenido de aquello que ocurre sobre el altar. ¿Qué haríamos si nos dijeran: “hoy tienes la oportunidad de estar en el Calvario junto a Jesús”?; o “hoy te encontrarás a Cristo resucitado”. En esos casos, ¿cómo nos prepararíamos? Y, en cambio, ¿cómo nos preparamos para la Misa?

Usted ha vivido más de 20 años junto a San Josemaría. ¿Qué aspecto de su personalidad le sorprendía más? 

San Josemaría sabía querer a las personas de un modo extraordinario. Le bastaba una mirada para comprender las necesidades de cada uno. Tenía esa intuición que sólo las madres poseen. Al mismo tiempo, era un verdadero padre: no nos enseñaba nada si antes no nos lo había mostrado con su ejemplo. Resultaba evidente que era un sacerdote que buscaba al Señor en todo momento.

¿Cómo celebraba la Misa? 

Era consciente de que en la Eucaristía el protagonista es Cristo, no elsacerdote. Eso le llevaba a celebrar el rito fielmente, sin buscar originalidades, de forma que sólo Jesús se luciese, no él. Decía que para él la Misa era “un trabajo” que le requería gran esfuerzo, un esfuerzo en ocasiones extenuante, dada la intensidad con que lo vivía. En cada pequeño gesto sabía transmitir todo el sentido sobrenatural de la celebración.

¿La Misa continúa en la vida?

La Misa no termina con la celebración. Nos acompaña todo el día. El alimento material nos nutre porque lo transformamos en parte de nosotros mismos, pero la Eucaristía –alimento espiritual- nos transforma en Jesús. De esa forma, nuestra jornada, unida al Sacrificio del altar, se transforma en una Misa continua que convierte todo lo que hacemos –el trabajo, el descanso, las relaciones familiares y sociales- en una obra agradable a Dios.


“Famiglia Cristiana” es la revista que ha publicado la entrevista a Mons. Javier Echevarría.

¿En qué consiste el Opus Dei?

El Opus Dei en la Iglesia tiene la tarea de recordar que los bautizados estamos llamados a la santidad a través de la vida cotidiana. San Josemaría decía que hay algo divino escondido en las situaciones más comunes, y que toca a cada uno de nosotros descubrirlo. Ninguna acción humana puede resultar un obstáculo para la amistad con Dios. Es más, es precisamente en las circunstancias del día a día donde Dios nos llama para que le encontremos.

La prelatura del Opus Dei en el mundo, ¿puede equipararse a una gran diocesis global que depende directamente del Papa?

Esa afirmación podría causar algún malentendido, dando pie a pensar, por ejemplo, que la prelatura personal es una Iglesia particular separada de la Iglesia local. Por el contrario, la Prelatura está al servicio de la comunión entre las Iglesias locales, y el trabajo que realizan los fieles del Opus Dei, laicos y sacerdotes, supone siempre una colaboración activa con cada diocesis. Los fieles laicos del Opus Dei dependen también del obispo local, al igual que el resto de católicos.

Tras el fundador, san Josemaría Escrivá, y su primer sucesor, el obispo Álvaro del Portillo, de quien está en marcha el proceso de beatificación, desde hace quince años usted dirige la Obra. ¿Cómo vive la herencia de dos santos?

Cuando se vive con personas santas, se comprende cuál es el secreto para tener paz en el corazón: mantener un diálogo constante con el Señor. Así, por muy evidentes que sean nuestras carencias, nuestros defectos, Él estará siempre a nuestro lado, dispuesto a subsanarlos. Este “factor Dios” es lo que distingue la vida del cristiano, haciéndolo immune a tantas preocupaciones y angustias que afligen al hombre contemporáneo.

¿Podría contar algún episodio inédito de la vida de San Josemaría?

A menudo ayudaba a San Josemaría mientras celebraba la Misa. Me impresionó la primera vez que me pidió que rezase para que nunca se acostumbrara a celebrar una acción tan sublime. Es algo que me repitió con frecuencia.

¿En qué dirección se difunde actualmente la presencia del Opus Dei?


El Santo Padre celebra la Misa en el Vaticano.

Gracias a Dios, hay fieles y cooperadores del Opus Dei en los mas variados lugares del mundo: desde los rascacielos de Wall Street a las favelas de Brasil. En todas partes se percibe una gran sed de Dios. También en diversas ciudades de China hay fieles de la Prelatura. El año pasado comenzó el trabajo apostólico estable de la Obra en Indonesia, y hay otros países de población mayoritariamente musulman donde también el Opus Dei está presente gracias a los fieles que tienen que viajar allí por motivos profesionales. No faltan los retos en Oriente Medio, Tierra Santa y el Líbano, así como en África: pienso ahora en Costa de Marfil, y también en el Congo y Nigeria. En todas partes, los problemas se superan gracias a una fe vivida de modo concreto, pensando en el bien común, con una actitud de fondo constructiva que permite superar las diferencias.

¿Cómo ve la difusión de la fe en el mundo actual?

Actualmente hacen falta testigos. Ante el relativismo que parece imponerse en Occidente, así como ante las divisiones, guerras y pobreza que azotan diversas áreas del mundo, hacen falta personas dispuestas a arremangarse y mostrar la realidad del Evangelio, no con discursos o teorías, sino en la vida de todos los días.

¿Cómo es la relación del Opus Dei con el mundo de los jóvenes?

Cuando San Josemaría comenzó la Obra, tenía a su lado sólo un grupo de jóvenes universitarios y trabajadores. Las actividades de formación con los jóvenes son una de nuestras prioridades. Existen en Italia y en todo el mundo numerosas residencias universitarias y centros culturales en los que chicos y chicas encuentran oportunidades para crecer humana y espiritualmente: aprendiendo a estudiar y a ser buenos amigos, enriqueciendo su personalidad, formando un espíritu crítico y constructivo, y comportándose como hijos de Dios. Este trabajo educativo se realiza siempre con la colaboración de las familias. Es más, son principalmente los padres que pertenecen al Opus Dei quienes promueven escuelas, clubs juveniles y otras iniciativas que puedan ser útiles a sus propios hijos: así sucede, por ejemplo, en tantas ciudades italianas.

>El Opus Dei entre novelas de misterio

>Josefina Caprile vive en Argentina, es viuda y madre de ocho hijos. Entre el ajetreo de la vida familiar, se las arregla para escribir, con una idea fundamental: los libros tienen que ser entretenidos, si no ¿quién los va a leer?

San Josemaría nos enseñó a tener doctrina de teólogos y piedad de niños. Sus palabras, fielmente traducidas en su vida, me animaron a difundir un mensaje cristiano por los distintos rincones de la tierra.

Pero… ¿cómo trasmitir las verdades de la fe a muchas personas, y, al mismo tiempo, quedarme en casa con mi familia? Tengo ocho hijos.

La respuesta fue viniendo de a poco. Siendo mis primeros hijos bebés, mientras ellos dormían la siesta, escribí el primer libro: “Hablo a mis hijos de Dios”. Después, al entretenido ritmo de una familia numerosa, fui publicando otros títulos más.

Escribir libros es una tarea sumamente flexible. No hace falta cumplir con un horario estricto. Armoniza con reuniones en el colegio de los hijos, visitar a los parientes y amigas y poder estar en casa en los horarios convenientes. Tampoco se necesita oficina. Apenas se requiere una computadora sencilla para la fase final. Llevo un cuaderno en la cartera y, cuando viajo en el tren, en la sala de espera de un médico o, en el silencio de la biblioteca popular, mientras mis hijos están en el colegio, en la facultad o en el trabajo, voy dando forma literaria al escrito que tengo entre manos.

Últimamente, he optado por escribir novelas para niños en las que el misterio y la aventura tienen como telón de fondo un escenario cristiano: sus personajes rezan, van a misa el domingo, se esfuerzan por vivir las virtudes humanas y por hacer un uso adecuado de la tecnología que nos deslumbra: TV, internet, etc.

A su vez, procuro que las novelas sean lo más entretenidas posible. Si no, ¿quién las leerá? De este modo puedo llegar lejos.

A veces, cuesta escribir. Cuesta que estos mensajes trascendentes se entremezclen en una trama bien, pero bien divertida. Pero el legado del fundador del Opus Dei, que consideraba el dar doctrina como una pasión dominante, es la luz y el motor para que, entre las páginas de una novela de misterio pueda saborearse de un modo natural y atractivo el mensaje de la fe.

artículo tomado de opusdei.es

>Carta del Prelado del Opus Dei (agosto 2010)

>El año mariano que recorre el Opus Dei y las fiestas dedicadas a la Virgen son una ocasión para hablar de la Madre de Dios en la carta que Mons. Echevarría dirige este mes a los fieles de la Obra.
04 de agosto de 2010
PDF: Carta del Prelado (agosto 2010)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Os escribo al regreso del viaje que he realizado a algunos países de América del Sur. En Ecuador, Perú y Brasil, además de tener la alegría de reunirme con un buen número de hermanas y hermanos vuestros, y con muchas otras personas, he rezado ante diversas advocaciones de la Virgen. Apoyándome en cada una y en cada uno, he tratado de revivir la piedad con que San Josemaría rezaba ante las imágenes de la Santísima Virgen, y he agradecido a nuestra Madre su constante oración por la Iglesia y por la Obra, pidiéndole que nos siga bendiciendo abundantemente. Sí, he contado con vuestra oración mariana, porque llevo muy grabada en el alma una exclamación de nuestro Padre, en el Santuario de Aparecida, que luego repitió en São Paulo: «le he dicho a la Virgen que quería rezar con mucha fe». Antes, primero en Ecuador, he considerado la estupenda lección de San Josemaría, pues le afectó el mal de altura, el “soroche”, y tuvo que reducir casi completamente su actividad de catequesis, mientras seguía creciendo en su vida personal la devoción a San José y la infancia espiritual: allí estuvo “activamente inactivo” quince días. En Perú, han pasado por mi mente muchísimos recuerdos; entre otros, su alegría inmensa al ver representada una escena que llevaba muy metida en el corazón: la Virgen y San José en adoración a Jesucristo escondido en el Sagrario: ¡con qué cariño se detuvo ante el altar!
Intensifiquemos nuestras muestras de amor a la Virgen, en los meses que aún nos restan para la conclusión de este año mariano. Precisamente el próximo día 15, solemnidad de la Asunción, comenzaremos a recorrer la segunda parte. Procuremos hacerlo con un renovado espíritu filial, al compás de la vida mariana de San Josemaría. «Si en algo quiero que me imitéis —nos dijo innumerables veces—, es en el amor que tengo a la Virgen». Y, en otras ocasiones, nos señalaba: «imitad a Jesucristo, que es el Modelo de todo, también en el amor a su Madre»[1].
El hecho de llegar a la mitad de los meses del tiempo que, con motivo del 80º aniversario del comienzo de la labor de la Obra entre las mujeres, hemos puesto en manos de la Virgen, nos ofrece la oportunidad de hacer un balance de las semanas transcurridas, para impulsarnos a proseguir la andadura a buen ritmo. Especialmente «en las fiestas de Nuestra Señora no escatimemos las muestras de cariño; levantemos con más frecuencia el corazón pidiéndole lo que necesitemos, agradeciéndole su solicitud maternal y constante, encomendándole las personas que estimamos. Pero, si pretendemos comportarnos como hijos, todos los días serán ocasión propicia de amor a María, como lo son todos los días para los que se quieren de verdad»[2].
La solemnidad del día 15 nos invita a poner en práctica con esmero este consejo de nuestro Padre. La grandiosa elección que de Ella hizo Dios desde la eternidad, para que fuera Madre del Verbo encarnado, llega a su culmen cuando es recibida gloriosamente, en cuerpo y alma, en el Cielo. La Asunción de María, que cierra la parábola iniciada con su Inmaculada Concepción, nos incita vivamente a fijarnos con mayor detenimiento en nuestra Madre, a meditar con mayor hondura cómo recorrió Ella su peregrinación diaria en este mundo, hasta llegar a la morada celestial.
En el evangelio de la Misa de esa fiesta, la Iglesia nos propone el pasaje de la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel. Los Padres y los escritores eclesiásticos han comentado siempre ese episodio como una imagen gráfica de lo que caracterizó la entera existencia de Santa María, definida por su obediencia pronta y alegre a lo que el Señor le indicaba. Desde el fiat que pronunció en la Anunciación hasta ese otro fiat, manifestado sin palabras, al pie de la Cruz, toda la vida de María se resume en una fidelidad completa, sin fisuras de ningún tipo, a la Voluntad amabilísima de Dios.
San Lucas, el evangelista que más nos ha hablado de María, relata con detalle esa visita de la Virgen a Santa Isabel: una escena bien impresa en nuestra memoria —como tantas otras del Evangelio—, porque cada día la contemplamos al meditar los misterios del Rosario. Volvamos a saborearla ahora.
Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: “Bendita Tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada Tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor”[3].
A estas palabras de Isabel, la Virgen, inspirada también por el Espíritu Santo, respondió con ese canto de agradecimiento y de alegría incontenible: el Magnificat. No nos podemos detener en todas sus riquezas; sólo deseo resaltar algunos detalles de esta escena, sobre la que San Josemaría meditó profundamente.
San Gabriel comunicó a María que Isabel esperaba un hijo, como prueba de la omnipotencia de Dios; no le pidió, ni sugirió, que fuera a visitarla. Sin embargo, la Virgen piensa que su prima necesita de su auxilio y descubre también en eso una voluntad de Dios. Inmediatamente se dirigió al pueblecito donde residía su anciana prima. Llama la atención ese cum festinatione, con prisa, que San Lucas subraya oportunamente. El motivo salta a la vista, como explicó ya San Ambrosio: «La gracia del Espíritu Santo no admite lentitud»[4]. El Santo Padre Benedicto XVI, siguiendo a ese Doctor de la Iglesia, comenta que «el evangelista, al decir esto, quiere destacar que para María, seguir su vocación, dócil al Espíritu de Dios, que ha realizado en Ella la Encarnación del Verbo, significa recorrer una nueva senda y emprender enseguida un camino fuera de su casa, dejándose conducir solamente por Dios»[5].
El Evangelio nos ofrece la primera lección que aprendemos de nuestra Madre, constante en su conducta: cuando el amor de Dios se nos manifiesta al alma, el deber nuestro que de ahí deriva se concreta en corresponder a su gracia con urgencia, con generosidad plena a esas inspiraciones divinas, sin entretenerse en lo que pudiera significar un retraso o una tardanza. Cuando Dios pasa a nuestro lado —y a todos nos ha llamado y nos llama por nuestro nombre, para que le sigamos muy de cerca—, hay que dejar de lado todo lo que pudiera dificultar ese ir tras de Él, con Él. La existencia entera ha de estar rubricada por esa sagrada prisaque —como afirma el Papa— se requiere en quien sabe «que Dios es siempre la prioridad y ninguna otra cosa debe crear prisa en nuestra existencia»[6].
Recuerdo algunos sucedidos de la vida de nuestro Padre, que nos ilustran cómo nuestro Fundador alimentaba sus prisas para amar más y más a Dios y a la Virgen.
Desde los primeros años de la Obra, a medida que iba prendiendo con mayor fuerza en su alma el cariño a nuestra Madre, sus biógrafos relatan cómo se esmeraba en saludar a Santa María en las imágenes que encontraba en sus recorridos por las calles de Madrid. En una ocasión, anotó en sus apuntes personales el siguiente suceso: «esta mañana volví sobre mis pasos, hecho un chiquitín, para saludar a la Señora, en su imagen de la calle de Atocha, en lo alto de la casa que allí tiene la Congregación de S. Felipe. Me había olvidado de saludarla: ¿qué niño pierde la ocasión de decir a su Madre que la quiere? Señora, que nunca sea yo un ex-niño»[7].
Hacia el final de su vida, cuando ya se encontraba más débil, pasaba un día delante de un relieve de la Virgen sosteniendo al Niño, en Villa Tevere. Quiso besar a la imagen y, como delante había un banco, no resultaba fácil. Se empeñó en cumplir ese gesto. Luego nos invitó a pensar: aunque esto sea una nadería —se refería al esfuerzo que había debido realizar—, vamos a preguntarnos qué manifestaciones de cariño ponemos, con denuedo, para corresponder al amor de Dios y de la Santísima Virgen, ante la gran manifestación de amor que se encierra en la Encarnación. Os traslado la pregunta. ¿Qué esfuerzo concreto estamos decididos a poner en los meses que faltan del año mariano, para corresponder a la predilección que el Señor y su Santísima Madre nos demuestran constantemente? ¿Queremos quererla —no es una redundancia— más? ¿La buscamos con el afán de que nos lleve a su Hijo?
Repasemos un segundo detalle de la escena de la Visitación. Cuando María exclama su Magnificat de alabanza a Dios, la primera consideración que sale después de su boca —como antes, en la Anunciación— es el reconocimiento de su humildad, en el sentido de proclamar su nada delante de Dios; un reconocimiento que es parte esencial de esta virtud.«¡Qué grande es el valor de la humildad! —“Quia respexit humilitatem…”Por encima de la fe, de la caridad, de la pureza inmaculada, reza el himno gozoso de nuestra Madre en la casa de Zacarías: “Porque vio mi humildad, he aquí que, por esto, me llamarán bienaventurada todas las generaciones”»[8].
Señalaba San Agustín que «la morada de la caridad es la humildad»[9]. Sólo sobre una base de profunda humildad se abona el terreno para que crezca una caridad sincera. La extraordinaria humildad de la Virgen, que en todo momento quiso que Dios obrara en su alma, sin apropiarse méritos de ninguna clase, alcanzó que el Señor se inclinase hacia Ella cada vez con más amor, conduciéndola de plenitud en plenitud hasta recibirla en la gloria.
Hijas e hijos míos, aprendamos de esta Madre buena a comportarnos de igual modo en las más diversas circunstancias. Hasta el último momento, tendremos que luchar contra los enemigos de nuestra santificación; especialmente contra el amor propio, que define el principal obstáculo que se opone a nuestra unión con Dios. Pero escuchemos de nuevo a San Josemaría. En una ocasión, respondiendo a quien le preguntaba cómo luchar en este punto de la vida espiritual, insistía: «es bueno que tengas deseos de ir contra la soberbia; pero yo, sin ser profeta, te digo que tendrás inclinaciones de soberbia hasta la última hora de tu vida. Pídele al Señor que te haga humilde (…): quia respexit humilitatem ancillæ suæ(Lc 1, 48). Dios Nuestro Señor la miró porque vio la humildad de su Sierva. Por lo tanto, tú procura servir a Nuestro Señor e imitar a la Virgen en la humildad. En el Evangelio, no la encontramos a la hora de los grandes triunfos de su Hijo: la encontramos al pie de la Cruz. Pero también la encontramos ante el primer milagro: lo hace el Señor, porque se lo pide la Virgen Santísima. Pídele el milagro de que te haga humilde a ti y de que me haga humilde a mí»[10].
La meditación de los grandes privilegios de Santa María nos llena ciertamente de pasmo: ¡es tan maravillosa nuestra Madre del Cielo! La contemplamos, en la escena del Apocalipsis, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada de estrellas[11]. Sin embargo, «todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca»[12]. Desde el Cielo, en efecto, nos sigue a cada una, a cada uno, como si fuéramos su único hijo, su única hija, y no cesa en sus desvelos por nosotros, para que un día lleguemos a gozar, en unión con su Hijo y con todos los ángeles y santos, de la eterna bienaventuranza.
Se lo recordaremos una vez más, el próximo 15 de agosto, al renovar la consagración del Opus Dei a su Corazón dulcísimo e inmaculado. Fomentemos ese día la comunión de intenciones con todos los fieles de Prelatura —los que estamos en la tierra y los que ya han rendido su alma a Dios—, y de modo especial con nuestro Padre, bien unidos a la consagración que realizó en Loreto el año 1951 y a la que yo personalmente renovaré, en nombre de todos, en este año mariano. Confiemos nuestras ilusiones y nuestros proyectos a los cuidados de nuestra Madre, que —según una acertada expresión de Santo Tomás de Aquino— es «totius Trinitatis nobilis triclinium»[13], el lugar donde la Trinidad encuentra su reposo; porque —como afirma el Papa en una reciente audiencia— «con motivo de la Encarnación, en ninguna criatura, como en Ella, las tres Personas divinas inhabitan y sienten delicia y alegría por vivir en su alma llena de gracia. Por su intercesión podemos obtener cualquier ayuda»[14].
Se lo volveremos a repetir el 22 de este mismo mes, fiesta de Santa María Reina, y al día siguiente, aniversario de aquella locución divina que dejó en nuestro Padre «sabores de panal y de miel», en momentos en que lo necesitaba especialmente: adeamus cum fiducia ad thronum gloriæ, ut misericordiam consequamur!
Que sea muy intensa nuestra oración por el Santo Padre, por su Augusta Persona —también por su reposo en estos meses—, por sus intenciones, por todos los proyectos que, para bien de las almas, lleva en el corazón.
Y, al compás de todo esto, ayudadme en mis intenciones.
Con todo cariño, os bendice
                                vuestro Padre
                                + Javier

Pamplona, 1 de agosto de 2010

[1] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 12-IV-1974.
[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 291.
[3] Lc 1, 39-45.
[4] San Ambrosio, Exposición del Evangelio según San Lucas, II, 19 (PL 15, 1560).
[5] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Asunción, 15-VIII-2009.
[6] Ibid.
[7] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 446 (3-XII-1931). Cit. en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, p. 341.
[8] San Josemaría, Camino, n. 598.
[9] San Agustín, La santa virginidad, 51.
[10] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 21-X-1972.
[11] Cfr. Ap 12, 1.
[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 2-I-2008.
[13] Santo Tomás de Aquino, Exposición sobre el Avemaría, cap. 1.
[14] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 23-VI-2010.

>Artículo de Aceprensa sobre El "Código Da Vinci"

>’EL CÓDIGO DA VINCI’, UNA NOVELA DE FICCIÓN EN LA QUE SE PONE EN DUDA LA VERDAD DEL CATOLICISMO, SE HA ENCARAMADO A LA LISTA DE LIBROS MÁS VENDIDOS. AUNQUE SE TRATE DE UNA OBRA DE FICCIÓN, RESULTA OFENSIVA PARA EL HONOR DE LA IGLESIA PORQUE JUEGA CON SUS FUNDAMENTOS. SINTETIZAMOS ALGUNAS RESEÑAS APARECIDAS EN DIARIOS DE EEUU Y ESPAÑA.
ACEPRENSA SERVICIO 11/04

Andy Welborn en ‘Our Sunday Visitor’ (8-VII-2003) advierte que“no es una gran pérdida para el lector” explicar el argumento de la novela. “Un conservador del museo del Louvre es asesinado, pero antes de morir consigue dejar unas pistas y colocarse de forma singularmente significativa. Su nieta Sophie y un investigador americano descubren que el abuelo trataba de dejar un mensaje no sobre su asesino, sino acerca de un gran secreto. (…) El abuelo formaba parte de una antigua sociedad secreta llamada El Priorato de Sión, que durante muchos años se encargó de custodiar ese gran secreto, cuya revelación supondría una amenaza para la concepción presente de la humanidad. Lógicamente, la Iglesia católica se habría esforzado durante estos últimos dos mil años en proteger este secreto”.

“¿En qué consiste el gran secreto? En que Jesús estuvo casado con María Magdalena, quien estaba embarazada cuando Cristo fue crucificado. Los descendientes de aquel niño aún sobreviven y se mantienen de forma anónima protegidos por El Priorato de Sión, que es también el guardián de la verdadera fe en Jesús y María Magdalena, basada en la teoría del sagrado femenino. La novela por tanto consiste en una carrera por encontrar el Santo Grial. Pero en vez de buscar el cáliz de la Última Cena lo que se busca principalmente son los restos de María Magdalena”.

“Sophie y el americano comenzarán una competición en la que la Iglesia es su rival, representada en la figura de un albino, miembro del Opus Dei, que recibe indicaciones de un obispo y de un misterioso Teacher. Correrán detrás de las pistas codificadas que el abuelo de Sophie fue dejando. Es un gran rompecabezas que les llevará desde los Bancos de Zurich a la iglesia del Santo Sepulcro, y de la Abadía de Westminster a las pinturas de Leonardo Da Vinci. La historia de Da Vinci consiste en que parece que plasmó su devoción al Santo Grial Femenino en la representación de la Última Cena, en la cual el personaje de la derecha de Jesús no es San Juan, sino María Magdalena, su compañera”.

“Muy pocas cosas de este entramado son propiamente originales-concluye Andy Welborn-. La mayoría de ellas proceden del fantasioso trabajo Holy Blood, Holy Grail y el resto son remiendos de ridículas y gastadas teorías esotéricas y gnósticas. (…). Y me apuesto lo que quiera a que usted desconocía que la divinidad de Jesucristo fue un invento del emperador Constantino para apuntalar su poder; pues ‘hasta aquel momento de la historia -escribe el propio Dan Brown-, Jesús era visto por sus discípulos como un profeta mortal, un poderoso y un gran hombre, pero un hombre nada más. Un mortal”.

En el ‘Chicago Sun Times’ (27-IX-2003), Thomas Roeser muestra algunos errores de hecho en que incurre Brown: “Supuestamente, la clave se puede encontrar en el fresco de la Última Cena, en donde, insiste Brown, la figura que está a la derecha de Cristo no es San Juan, sino María Magdalena (no es verdad, explica Bruce Broucher, conservador del Art Institute de Chicago, que ha echado por tierra su teoría)”.

Excéntricas conjeturas
“Las excéntricas conjeturas de Brown -prosigue Roeser- se mezclan con hechos e investigaciones chapuceras: los Juegos Olímpicos de la antigüedad se celebraban en honor de Zeus, y no de Afrodita; los Templarios, que supuestamente son los guardianes del ‘secreto’ de la Magdalena, no construyeron las catedrales de su tiempo, sino que lo hicieron los obispos europeos; las catedrales góticas no tienen ningún simbolismo femenino: la crítica Sandra Miesel se pregunta con asombro: ‘¿Qué parte de la anatomía femenina representan el crucero o las gárgolas de la nave lateral de Chartres?’”.

“El odio al catolicismo impregna todo el libro -indica Roeser-,pero las peores invectivas las recibe el Opus Dei, prelatura personal aprobada por Juan Pablo II. Un ‘monje’ del Opus Dei (asombrosamente, Brown no comprende que esa organización no tiene monjes) es un asesino, que mata para impedir que el ‘secreto’ de la Magdalena salga a la luz pública. Yo no soy del Opus Dei, pero lo conozco y lo admiro, entre otras cosas, por sus escuelas dirigidas a los jóvenes sin oportunidades de Chicago, en donde fui profesor”.

La novela sitúa a Leonardo Da Vinci como uno de los integrantes de la sociedad secreta El Priorato de Sión que esconde sus claves en tres de sus cuadros más conocidos: La Gioconda, la Virgen de las Rocas y La Última Cena. La medievalista Sandra Miesel (New York Daily News, 4-IX-2003), entre otras cosas, ironiza sobre la sustitución de San Juan por María Magdalena: “Esta curiosa faceta no había sido descubierta hasta ahora…”.

Ignorancia histórica
El protagonista del libro menciona la ausencia del cáliz en la pintura de Leonardo como prueba de que Da Vinci nada sabía de lo que estaba involucrado en el Grial. Pero, como bien sigue explicando la historiadora Sandra Miesel, “el fresco está inspirado en un pasaje del Evangelio de San Juan, que no dice ni una palabra sobre la institución de la Sagrada Eucaristía”. Por otra parte resulta ridículo presentar a “un Papa que arroja al Tíber las cenizas de los Templarios que él ha exterminado…. justo en la época en que el papado sufría el destierro de Avignon”.

Desde las páginas del Weekly Standard (22-IX-2003), la escritora Cynthia Grenier afirma sobre El Código Da Vinci que “se puede hablar de una extremista visión feminista” de la fe cristiana y católica. “Llámeme escéptica -escribe-, pero no estoy dispuesta a comprar esta novela. Los rituales que él relata son fruto de una mezcolanza de varios cuentos imaginarios. Si usted alguna vez ha considerado la posibilidad de que el Santo Grial buscado por los caballeros del Rey Arturo es realmente el vientre de la Magdalena, entonces ‘El Código Da Vinci’ es su novela. Si su imaginación nunca le ha inquietado en este sentido, lo mejor es olvidar la novela. Seguramente a usted se le habrá caído de las manos este libro de 454 páginas cuando su autor le relate su último descubrimiento: bajo la enorme pirámide de cristal del patio del Louvre se hallan los huesos de la mujer de Jesús”.

Y sobre los múltiples errores geográficos e históricos contenidos en el libro, la escritora concluye: “Por favor, alguien debería dar a este hombre y a sus editores unas clases básicas sobre la historia del cristianismo y un mapa”.

Para el crítico español F. Casavella (El País, 17-I-2004), El Código Da Vinci es “el bodrio más grande que este lector ha tenido entre manos desde las novelas de quiosco de los años setenta”. “No es que tienda al grado cero de escritura -explica-. Ni que sea aburrido, prolijo donde no debiera, torpe en las descripciones y en la introducción de datos sobre ese interesantísimo y originalísimo misterio en torno al Santo Grial, Leonardo y el Opus. Tampoco es un problema que repita esos datos en páginas contiguas para que hasta un hipotético ‘lector muy tonto’ llegue a asimilarlos. Ni que escamotee ciertos fundamentos de la trama del modo más grosero hasta que resulten útiles y entonces se les haga aparecer del modo más burdo. Ni importa que las frases sean bobas, y bobas sean también las deducciones de unos protagonistas de quienes se nos comunica, pero no se nos describe su inmensa inteligencia. (…) También se puede pasar por alto que el autor no sea, al fin y al cabo, instruido”.

En fin, concluye Casavella: “Se puede perdonar todo, lo que no se puede perdonar es que esta novela se promocione, y no sólo por los canales publicitarios convencionales, como un producto de cierto valor. Para entendernos, Dan Brown y su código tienen que ver con la novela popular lo que Ed Wood con el cine. (…) No puedo dejar de felicitar a las editoriales de todo el mundo que en su día rechazaron la publicación de esta infamia y ahora no se arrepienten. Es la demostración de un resto de dignidad, no sólo en el mundo editorial, sino en el sistema mercantil”.

de opusdei.es