Exposición “Un Santo en Datos”

Invitación Acto Inaugural en JPEG

La exposición sobre el futuro Beato, Mons. Álvaro de él Portillo, recorre la geografía española y el próximo 24 llegará a Galicia. Estará en Vigo del 24 de junio al 9 de julio, en el hotel Ciudad de Vigo.

El acto inaugural tendrá lugar a las 20:00h del día 24 y participarán Pablo Pérez López (Comisario de la Exposición), Teresa Sádaba (Portavoz de la Beatificación) y Jaime Cárdenas (delegado de la Oficina de Información del Opus Dei en Galicia).

Al final del acto se realizará una visita guiada a la Exposición.

Edición crítico-histórica de “Es Cristo que pasa”

Acaba de salir a la luz la edición crítico-histórica de Es Cristo que pasa, preparada por el teólogo Antonio Aranda. Se trata del cuarto volumen de la Colección de Obras Completas de Josemaría Escrivá de Balaguer, que el Instituto Histórico está promoviendo y que publica la editorial Rialp. El libro contiene dieciocho homilías del fundador del Opus Dei, con un amplio comentario histórico-teológico y anotaciones de crítica textual.

http://www.isje.org/publicada-la-edicion-critico-historica-de-es-cristo-que-pasa/

La traducción al gallego de “Santo Rosario” se presentó en Lugo

La sede de la fundación Novacaixagalicia acogió ayer la presentación de la traducción al gallego del libro ‘Santo Rosario’, de Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. La obra ha sido editada por Follas Novas y la traducción es obra de Araceli Filgueira Iglesias. La traductora, que es lucense, cuenta con una amplia experiencia en la redacción de libros para estudio del gallego y en la dirección de bibliotecas. La obra lleva en la portada un dibujo de Castelao, de la Virxe do Portal que se conserva en el Museo de Pontevedra. Los misterios del rosario y las letanías van precedidos por fotografías de imágenes o cuadros de iglesias de las provincias gallegas, como A Resurreción de la catedral de Lugo o A Coroación da Virxe de la Ribeira Sacra. Escrivá escribió el libro en 1931, a los 29 años. Antes de cada uno de los misterios, el autor ofrece unas reflexiones, que facilitan al lector la contemplación personal de las escenas. En la presentación participaron Luciano Armas, que hace años tradujo ‘Via Crucis’, Araceli Filgueira y Rafael Silva, editor de Follas Novas.

Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei

Adolfo Rodríguez Vidal, obispo de Los Ángeles (Chile), La Época (Santiago de Chile), 17.5.92; El Sur (Concepción, Chile), 17.5.92

Mons. Adolfo Rodríguez, Obispo de Los Ángeles

Por Isabel Larraín C.

Es indudable que tiene un tesoro dentro. Y que no le gusta nada mostrarlo. Porque después de más de 5 años de servir a Dios en el Opus Dei, sigue siendo igual de reservado y austero que el primer día en que conoció a monseñor Escrivá de Balaguer en el Madrid de 1940.

- Fue un sábado, y de esa entrevista con monseñor Escrivá recuerdo que es, tuvo muy cariñoso, pero no pasó -ese día- nada especial, fue la típica conversación de toma de contacto. Días después asistí por primera vez a la Bendición con el Santísimo que impartió monseñor Escrivá a un grupo de universitarios; fue algo para mí muy impresionante. Me impactó enorme mente cómo tomaba la custodia, cómo hacía con ella la señal de la cruz, sus genuflexiones… Yo había asistido a otras bendiciones en mi tiempo de colegial, pero nunca había visto la de un santo: me impresionó su piedad, que le salía por los poros.

En ese entonces, D. Adolfo Rodríguez Vidal, actual obispo de Los Angeles, no sabía nada del Opus Dei ni del camino que Dios le tenía reservado, el que ha recorrido sin pausa, fiel al encargo de su fundador de traer la obra a Chile. Aquellos que lo conocen desde hace ya muchos años destacan por sobre todo su humildad y su reciedumbre, que lo llevan a ni siquiera querer hablar de lo que ha sido su vida. Un poco incómodo, pero siempre sonriente, acepta contar algo de todos esos recuerdos que lleva en el interior.

- ¿Cómo conoció el Opus Dei? ¿Qué fue lo que más le atrajo, teniendo en cuenta que estaba recién comenzando y había poco que ver, lo que hacía más difícil entenderlo?

- Al término de la guerra civil española, en el año 39, las universidades que habían estado cerradas volvieron a abrirse y yo me fui a Madrid a preparar mi ingreso a la Escuela de Ingeniería Naval. Durante ese período, uno de mis compañeros me invitó a ir una tarde a la única residencia universitaria del Opus Dei que existía y me presentó al Padre: así llamábamos a monseñor Escrivá. Ya he dicho cómo me impactó la piedad de su liturgia. Volví con frecuencia, a estudiar a su biblioteca y a conversar con otros universitarios, y un día, el mismo que me había invitado me invitó a pasear y me explicó la posibilidad de una entrega definitiva en la Obra. Yo lo pensé durante unas semanas, recé, medité y el día en que cumplí los 20 años -fue una casualidad, no algo buscado- hablé con el Padre, le pedí que me admitiera y él me aceptó: Era el 20 de julio de 1940. Aunque entonces éramos todavía muy pocos, el trato con el Padre nos hacía darnos cuenta de que aquello era algo muy serio, muy importante, que suponía un compromiso para siempre. Yo vi que el Señor quería eso y yo estaba dispuesto.

- Entre los primeros de la Obra surgió la costumbre de llamar al fundador “Padre”: ¿Usted veía en él a un verdadero Padre?

- Yo no soy “de los primeros de la Obra”. Cuando llegué a ella entendí por qué mis amigos que me precedieron me hablaban siempre de “El Padre”. Y por supuesto no me costó nada llamarle así porque en verdad lo era (como lo es ahora, y lo será siempre, quien haga cabeza en el Opus Dei). Cuando comencé a estudiar mi carrera de ingeniería y me fui a vivir a un Centro de la Obra, el Padre vivía ahí, con nosotros. Estábamos muy cerca de él. No había todavía sacerdotes del Opus Dei y el Padre se volcaba de cariño con nosotros: estábamos muy cerca de él. Cuando estaba en Madrid -viajaba mucho entonces por España, sembrando-, solía subir a acompañarnos en ratos de descanso y vida de familia, y se palpaba la entrega que tenía, las alegrías y también las preocupaciones por nosotros y por la Iglesia. Esos dos años en “Diego de León” -así se llamaba la calle y así llamábamos a la casa- fueron muy importantes para nosotros por la presencia del Padre.

- El hecho de haber conocido a monseñor Escrivá y haber vivido junto a él, ¿de qué manera influyó en su vida espiritual?

-En todo, ¡absolutamente en todo! Yo y todos tratábamos de ser buenos cristianos, pero cuando le oíamos predicar -porque ocasionalmente nos enseñaba a meditar, nos predicaba un retiro, nos hablaba familiarmente de Dios, de la Virgen, de la Iglesia…- yo. y todos quedábamos con un entusiasmo muy grande y con muchas ganas de no hacer tonteras ni perder el tiempo en el estudio y en el apostolado. Doy muchas gracias a Dios por haberlo conocido en esa época. Oírlo predicar era impactante y comprometedor.

- ¿Porqué motivo la Causa de Beatificación de monseñor Escrivá ha ido tan rápido? ¿Se debe, acaso, a algún tipo de influencia que el Opus Dei pueda tener dentro de la Iglesia?

La lentitud con que antes se tramitaban los procesos de beatificación fue corregida, ya en el Concilio, por el Papa Pablo VI, quien simplificó mucho algunos trámites. La idea ha sido consecuencia, por una parte, de los medios más rápidos para las informaciones y procesos, por ejemplo, los legajos no están escritos a mano sino en computadoras, etc. Pero sobre todo se trata de presentar modelos de santidad “actuales”, ya que los santos no son solamente intercesores sino también ejemplos. Y cuanto más cercano sea el ejemplo, mayor será su eficacia. De hecho hay ahora en tramitación muy avanzada la beatificación de una madre religiosa venezolana fallecida en los años ’80 de este siglo. En Chile, Teresa de Los Andes fue beatificada en un tiempo que, para los santos de otras épocas ¡sería muy corta!, y la beatificación del P. Hurtado, si tuvo un comienzo lento (murió antes del Concilio, es decir su proceso se inició con los trámites más lentos) ahora está ya próxima a una decisión positiva. El papa Juan Pablo II ha impulsado esta “política” de un trámite más rápido aunque siempre con la seriedad que exige algo tan importante para la Iglesia.

- ¿Qué significa para la Iglesia Universal la beatificación de monseñor Escrivá de Balaguer? ¿Qué supone para el Opus Dei?

“La Iglesia beatifica y santifica a los santos, no para que ellos se alegren en el Cielo sino para que nos ayuden a quienes todavía estamos muy lejos de ese Cielo, pero aspiramos a llegar a él. Los santos nos ayudan de dos maneras: intercediendo por nosotros ante el Señor y sirviéndonos a nosotros de ejemplo: al beatificar a monseñor Escrivá la Iglesia nos está diciendo que es un intercesor y un modelo. Para el Opus Dei, obviamente, eso es de extraordinaria importancia. Con esa beatificación queda claro que la santificación se puede lograr a través de una vida de trabajo y que la vida “corriente” de unos esposos, de unos trabajadores, de cualquier cristiano “normal”, es un camino de santificación. ¡Esa fue la enseñanza de monseñor Escrivá!

Chile y el Opus Dei

D. Adolfo Rodríguez era un sacerdote recién ordenado el año 1950, cuando recibió un llamado del Consiliario del Opus Dei en España pidiéndole que fuera a verlo a Madrid. Una vez reunidos, éste le entregó una carta de monseñor Escrivá de Balaguer, desde Roma: “Era breve -recuerda D. Adolfo- y en ella me preguntaba si estaba dispuesto a irme a Chile y, al final -se ríe al recordarlo- decía: “El. viaje será muy pronto Tan sólo un mes después partió, llegando a nuestro país el 4 de marzo, solo y sin ningún medio material.

- ¿Qué pensó Ud. cuando monseñor Escrivá le pidió que viniera a Chile?

Nunca había pensado en partir a otro país, pero estaba dispuesto. El Opus Dei no tenía medios para ayudarme, pero el padre no sólo era audaz, también era prudente. Unos meses antes había enviado a D. Pedro Casciaro con dos o tres miembros más de la obra, a hacer un recorrido por toda América. En Santiago se contactaron con mucha gente y, cuando me tocó partir de España, me entregaron una lista de personas que podrían ayudarme.

- ¿Cómo comenzó el trabajo del Opus Del en nuestro país?

El entonces Arzobispo de Santiago, monseñor José María Caro, había almorzado hacía algún tiempo con el padre en Roma, y ahí habían hablado de la posibilidad de iniciar la labor en Chile. Monseñor Caro se ofreció entonces para alojar en su casa al primer sacerdote que llegara. Yo viví el primer mes con él -en Mac-Iver, frente a La Merced- y el Arzobispo de Santiago fue una enorme ayuda para mí. Organizó, incluso, diversas reuniones en las que pude conocer a muchas personas. Me presentó a D. Carlos Casanueva, entonces rector de la Universidad Católica, y a través de él a hacer clases de Mecánica Racional en la Escuela de Ingeniería de esa universidad; hice otras clases en la U. de Chile y pude conocer a muchos jóvenes. También me pidió que ayudara a confesar a los alumnos de colegios de la Iglesia en la Fundación de Santo Tomás de Aquino. Todo ello fue muy útil para mi rápida y hermosa identificación con mi nuevo país. Guardo una inmensa gratitud para las muchas familias y personas que me ayudaron en aquellos primeros meses y más tarde, haciendo posible la labor que el padre esperaba de Chile.

En aquella época D. Adolfo necesitaba de toda la ayuda posible. Quienes lo conocieron por aquel entonces sabían que vivía momentos económicamente muy difíciles, pero recuerdan que no se le notaba. Su casa estaba siempre bien, limpia y acogedora. El primer año lo pasó solo -sin otros miembros de la obra- pero en un departamento en la Alameda que había arrendado y que convirtió en la primera Residencia Universitaria del Opus Dei en Chile. Según D. Adolfo, la casa era “pésima” y había mucho que hacer para mantenerla.

-¿Es verdad que Ud. hacía hasta las camas en esa primera residencia?

Las camas precisamente no… pero sí muchas cosas. Quien tuvo que hacer las camas de los residentes fue -en la primera residencia del Opus Dei nuestro padre, en Madrid.

-¿Cómo fue su relación con monseñor Escrivá durante los comienzos en Chile?

“El Padre me escribía con cierta frecuencia y en alguna carta me ayudaba a corregir algunas cosas, se preocupaba mucho de mí. Estaba pendiente de mí, no cabe duda. Era precisamente en la época en que él con D. Alvaro y el consejo estaban con mucho trabajo por la expansión de la obra, en Roma y en otros países, de modo que es de mucho agradecer esa preocupación”.

-Varios años después monseñor Escrivá viajó a Chile, concretamente en junio de 1974. Usted estuvo muy cerca de él durante la visita. ¿Qué opinión se formó de Chile y de los chilenos?

Él ya conocía a bastantes chilenos, hijos suyos que habían ido a estudiar a Roma. En su estadía en Santiago estaba muy contento y no lo ocultaba. Hizo una visita a las Carmelitas de Pedro de Valdivia, respondiendo a una carta que me escribieron pidiéndome que el padre las visitara. Estuvo hablando con ellas en su locutorio durante mucho rato y con especial fuerza y calor animándolas a ser fieles a su carisma carmelitano. Recuerdo que a la salida nos encontramos en un pasillo bastante oscuro con el que era entonces Obispo de Osorno, Mons. Valdés Subercaseaux, ya fallecido. Este se acercó a nosotros, se abrazaron con gran cariño y muy emocionado le dijo -revelando que había estado escuchando la charla del padre con las religiosas-: “Ahora no se usa hablar así de santidad…”

-¿Qué piensa Ud. cuando mira para atrás y ve sus años de trabajo y la expansión que la obra ha tenido aquí en Chile?

(Sonríe como para adentro)… Estoy muy contento.

Carta Pastoral (febrero 2013)

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Al considerar el inmenso amor de Dios a los hombres, que se manifiesta sobre todo en el misterio de la Encarnación, nos quedamos removidos: así comienza nuestro Padre su homilía “Hacia la santidad”[1], y pienso que también nosotros deseamos asumir esa disposición interior al recitar el Credo. ¡Con qué gratitud lo confesamos, al afirmar que el Verbo eterno de Dios tomó carne en el seno de la Virgen María, por obra del Espíritu Santo, y se hizo hombre! Al compás de estas palabras nos inclinamos profundamente —en dos ocasiones al año, nos arrodillamos—, porque el velo que escondía a Dios, por decirlo así, se abre y su misterio insondable e inaccesible nos toca: Dios se convierte en el Emmanuel, “Dios con nosotros”. Cuando escuchamos las Misas compuestas por los grandes maestros de música sacra —decía el Santo Padre en una reciente audiencia— (…) notamos inmediatamente cómo se detienen de modo especial en esta frase, casi queriendo expresar con el lenguaje universal de la música aquello que las palabras no pueden manifestar: el misterio grande de Dios que se encarna, que se hace hombre[2].

En las semanas anteriores, hemos seguido los pasos de Jesús en la tierra ayudados por la liturgia: primero en el taller de Nazaret y luego por los caminos de Judea y Galilea. Os sugiero que ahora, al meditar en este gran misterio del Dios hecho hombre, nos detengamos en los diversos momentos de la vida terrena del Señor. Porque Jesús no sólo tuvo un verdadero nacimiento humano en Belén, sino que anduvo entre nosotros durante más de treinta años, conduciendo una existencia plenamente humana. San Josemaría nos movía a agradecerle que haya tomado nuestra carne, asumirla con todas sus consecuencias; e insistía: Dios no se ha vestido de hombre: se ha encarnado[3]. El Concilio Vaticano II nos recuerda que el Hijo de Dios «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado»[4].

Mientras pensamos en la vida del Señor, es muy importante recuperar el asombro ante este misterio, dejarnos envolver por la grandeza de este acontecimiento: Dios, el verdadero Dios, Creador de todo, recorrió como hombre nuestros caminos, entrando en el tiempo del hombre, para comunicarnos su misma vida (cfr. 1 Jn 1, 1-4)[5]. Ahondemos, pues, con el auxilio de la gracia, en las consecuencias de ese hacerse Dios hombre perfecto: Jesús nos da ejemplo de cómo comportarnos en todo momento —de acuerdo con la dignidad que nos ha alcanzado— como verdaderos hijos de Dios. Durante el año litúrgico, rememoraremos nuevamente, con un sentido nuevo, sus principales enseñanzas. Tratemos de asimilarlas personalmente, procurando reproducirlas en nuestra existencia cotidiana: éste es el camino seguro —no hay otro— para alcanzar la santidad a la que el Señor llama a todos los cristianos. Él mismo señaló en el Evangelio: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (…); nadie va al Padre si no es a través de mí[6].

Desde muy joven, a quienes se acercaban a su labor pastoral —y a los que él mismo buscaba para llevarlos al Señor, porque no caben pausas en el apostolado—, san Josemaría les mostraba la senda para seguir a Cristo en la vida ordinaria. Dios le concedió una luz especial para descubrir el contenido salvífico de la existencia de Cristo en Nazaret, que —como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica— «permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana»[7]. Lo afirmó expresamente Benedicto XVI al reconocer que en la conducta y en los escritos de nuestro Fundador brilla con fuerza particular un rayo de la luz divina contenida en el Evangelio, precisamente por haber enseñado que la santidad puede y debe alcanzarse en las circunstancias normales de la existencia cristiana[8], compuesta de horas de trabajo, de dedicación a la familia, de relaciones profesionales y sociales…

En efecto, Dios puso en el corazón de san Josemaría el ansia de hacer comprender a personas de cualquier estado, de cualquier condición u oficio, esta doctrina: que la vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios, que el Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana[9]. Y le iluminó para fundar el Opus Dei, camino de santificación en el trabajo profesional y en el cumplimiento de los deberes ordinarios del cristiano[10]. Su espíritu es una guía segura para quienes desean encontrar a Cristo, ir tras de Él y amarle en medio de los afanes terrenos, en todas las encrucijadas de la tierra.

El misterio de la Encarnación nos habla de la entrega de Dios a toda la humanidad. El Verbo divino, haciéndose carne, quiso hacerse don para los hombres, se dio a sí mismo por nosotros (…), asumió nuestra humanidad para darnos su divinidad. Éste es el gran don. También en nuestro donar —explica el Santo Padre— no es importante que un regalo sea más o menos costoso; quien no logra dar un poco de sí mismo, dona siempre demasiado poco. Es más, a veces se busca precisamente sustituir el corazón y el compromiso de la entrega de sí mismo con el dinero, con cosas materiales. El misterio de la Encarnación indica que Dios no ha hecho así: no ha donado algo, sino que se ha dado a sí mismo en su Hijo unigénito[11]. Y lo mismo espera de cada una, de cada uno.

A mediados de mes comienza la Cuaresma, un tiempo especialmente adecuado para revisar nuestro comportamiento y mirar si estamos siendo generosos con Dios y con los demás por Dios. En la segunda lectura del Miércoles de Ceniza, el Apóstol de las gentes nos dice de parte del Señor: en el tiempo favorable te escuché. Y en el día de la salvación te ayudé. Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación[12]. Más adelante, en la misma epístola, nos impulsa a servir a Dios en todo momento: con mucha paciencia, en tribulaciones, necesidades y angustias; (…) en fatigas, desvelos y ayunos; con pureza, con ciencia, con longanimidad, con bondad, en el Espíritu Santo, con caridad sincera[13].

Estas palabras del Apóstol —escribió san Josemaría— deben llenaros de alegría, porque son como una canonización de vuestra vocación de cristianos corrientes, que vivís en medio del mundo, compartiendo con los demás hombres, vuestros iguales, afanes, trabajos y alegrías. Todo eso es camino divino. Lo que os pide el Señor es que, en todo momento, obréis como hijos y servidores suyos.

Pero esas circunstancias ordinarias de la vida serán camino divino, si de verdad nos convertimos, si nos entregamos. Porque San Pablo habla un lenguaje duro. Promete al cristiano una vida difícil, arriesgada, en perpetua tensión. ¡Cómo ha sido desfigurado el cristianismo, cuando ha querido hacerse de él una vía cómoda! Pero también es una desfiguración de la verdad pensar que esa vida honda y seria, que conoce vivamente todos los obstáculos de la existencia humana, sea una vida de angustia, de opresión o de temor.

El cristiano es realista, con un realismo sobrenatural y humano, que advierte todos los matices de la vida: el dolor y la alegría, el sufrimiento propio y el ajeno, la certeza y la perplejidad, la generosidad y la tendencia al egoísmo. El cristiano conoce todo y se enfrenta con todo, lleno de entereza humana y de la fortaleza que recibe de Dios[14].

Antes de proseguir, me parece necesario que nos detengamos a pensar: ¿me preparo para vivir esas semanas de modo penitente? ¿Deseo adentrarme en el holocausto de Jesucristo? ¿Rechazo todo miedo a la mortificación?

Enfocar de este modo cristiano —como acabo de mencionar, citando a nuestro Padre— las vicisitudes de la existencia, en las que muchas veces se manifiestan el sufrimiento y los límites de la criatura, es el único modo de entender a fondo la realidad de la condición humana. Para encontrar sentido a las preocupaciones e incluso angustias que puedan producir las penalidades de la vida —el dolor, la falta de trabajo, la enfermedad, la muerte…—, se necesita una fe sincera en el amor infinito de Dios. Sólo a la luz del Verbo encarnado, todo encuentra sentido. Con la Encarnación del Hijo de Dios tiene lugar una nueva creación, que da la respuesta completa a la pregunta: “¿Quién es el hombre?”. Sólo en Jesús se manifiesta completamente el proyecto de Dios sobre el ser humano[15].

Lo expresó con claridad el último Concilio ecuménico: «Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo nuestro Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación»[16].

Hijas e hijos míos, insisto una vez más: pongamos empeño para sacar mucho provecho de la lectura del Evangelio; y, para eso, meditemos a fondo los episodios de la vida de Nuestro Señor. San Josemaría nos pidió siempre que no leyéramos esos pasajes como si fueran ajenos a nosotros, sino entrando en las escenas como un personaje más, con nuestras flaquezas y nuestros deseos de mejora, llenándonos de asombro ante la Humanidad Santísima de Jesucristo y apoyándonos en su fortaleza divina.

Seguir a Cristo: éste es el secreto. Acompañarle tan de cerca, que vivamos con Él, como aquellos primeros doce; tan de cerca, que con Él nos identifiquemos. No tardaremos en afirmar, cuando no hayamos puesto obstáculos a la gracia, que nos hemos revestido de Nuestro Señor Jesucristo (cfr. Rm 13, 14). Se refleja el Señor en nuestra conducta, como en un espejo. Si el espejo es como debe ser, recogerá el semblante amabilísimo de nuestro Salvador sin desfigurarlo, sin caricaturas: y los demás tendrán la posibilidad de admirarlo, de seguirlo[17].

En las primeras semanas del Tiempo ordinario, y luego en la Cuaresma, la Iglesia nos presenta escenas en las que resaltan tanto la divinidad como la humanidad del Señor. Junto a los grandes milagros que ponen de manifiesto su naturaleza divina, somos también testigos de la realidad de su naturaleza humana: pasaba hambre y sed, se agotaba físicamente en las largas caminatas de un lugar a otro, se llenaba de alegría al encontrar corazones que se abrían a la gracia y se colmaba de pena cuando otros se resistían. Comentando uno de esos momentos, por ejemplo, san Josemaría exclamaba: tenía hambre. ¡El Hacedor del universo, el Señor de todas las cosas padece hambre! ¡Señor, te agradezco que —por inspiración divina— el escritor sagrado haya dejado ese rastro en este pasaje, con un detalle que me obliga a amarte más, que me anima a desear vivamente la contemplación de tu Humanidad Santísima! Perféctus Deus, perféctus homo (Símbolo Quicúmque), perfecto Dios, y perfecto Hombre de carne y hueso, como tú, como yo[18].

Si perseveramos en este camino, desde Nazaret hasta la Cruz, se abrirán para nosotros las puertas de la vida divina en toda su amplitud. Porque tratando a Cristo hombre, aprendemos a tratar a Cristo Dios y, en Él y por Él, al Padre y al Espíritu Santo: al Dios uno y trino. Aseguraba nuestro Fundador que, en la senda de la santidad, llega un momento en el que el corazón precisa distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. De algún modo, es un descubrimiento, el que realiza el alma en la vida sobrenatural, como los de una criaturica que va abriendo los ojos a la existencia. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el Espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo: ¡los dones y las virtudes sobrenaturales! 19].

Y añade san Josemaría: ¿Ascética? ¿Mística? No me preocupa. Sea lo que fuere, ascética o mística, ¿qué importa?: es merced de Dios. Si tú procuras meditar, el Señor no te negará su asistencia. Fe y hechos de fe: hechos, porque el Señor —lo has comprobado desde el principio, y te lo subrayé a su tiempo— es cada día más exigente. Eso es ya contemplación y es unión; ésta ha de ser la vida de muchos cristianos, cada uno yendo adelante por su propia vía espiritual —son infinitas—, en medio de los afanes del mundo, aunque ni siquiera hayan caído en la cuenta[20].

A mediados de este mes, casi coincidiendo con el comienzo de la Cuaresma, es el aniversario de aquellas dos intervenciones de Dios en el camino de la Obra, el 14 de febrero de 1930 y de 1943: ¡setenta años de esta cercanía del Cielo al Opus Dei! En esa jornada de acción de gracias, deseamos que nuestra oración llegue a Dios por manos de la Santísima Virgen, nuestra Madre, a la que veneramos especialmente con el título de Mater Pulchræ Dilectiónis, Madre del Amor Hermoso, con el que le honra la Iglesia y que tanto agradaba a nuestro Padre.

Pocos días después, el 19, el queridísimo don Álvaro celebraba su santo. Apoyándonos en que la Iglesia ha reconocido que practicó de modo heroico todas las virtudes, acudamos a su intercesión, pidiendo a Dios que también nosotros sepamos recorrer fielmente la senda de nuestra vocación cristiana, buscando, encontrando y amando a Jesucristo en las circunstancias que entretejen cada una de nuestras jornadas. Gracias a Dios, la historia de la Obra también tiene otros aniversarios, que —estoy seguro— viviréis con la actualidad de cuando ocurrieron: no permitamos, como nos avisaba nuestro Padre, que se queden en simples recuerdos, como si se tratara de sucesos antiguos, ya consignados a la historia.

Con todo cariño, os bendice y os pide oraciones

vuestro Padre

+ Javier

 

Roma, 1 de febrero de 2013.

[1] Cfr. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 294.

[2] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 2-I-2013.

[3] San Josemaría, Notas de una meditación, 25-XII-1972.

[4] Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 22.

[5] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 9-I-2013.

[6] Jn 14, 6.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 533.

[8] Cfr. Benedicto XVI, Exhort. apost. Verbum Domini, 30-IX-2010, n. 48.

[9] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 148.

[10] Oración a san Josemaría.

[11] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 9-I-2013.

[12] Misal Romano, Miércoles de Ceniza, Segunda lectura (2 Cor 6, 2).

[13] 2 Cor 6, 4-6.

[14] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 60.

[15] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 9-I-2013.

[16] Concilio Vaticano II, Const past. Gaudium et spes, n. 22.

[17] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 299.

[18] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 50.

[19] Ibid., n. 306.

[20] Ibid., n. 308.